Figura central del romanticismo alemán, Caspar David Friedrich (1774-1840) hizo del paisaje un lenguaje de la interioridad. Sus vistas de montañas, de costas brumosas y de bosques silenciosos no buscan la descripción exacta de un lugar, sino la expresión de un estado de conciencia frente a la inmensidad del mundo. Admirado durante mucho tiempo y luego olvidado, redescubierto en los albores del siglo XX, ocupa hoy un lugar de primer plano en la historia de la pintura europea. Este artículo propone un recorrido mesurado a través de su vida, su método y el legado de un artista cuya obra sigue interrogando nuestra relación con la naturaleza.
Una formación entre Pomerania y Copenhague
Caspar David Friedrich nace el 5 de septiembre de 1774 en Greifswald, ciudad portuaria de Pomerania entonces bajo dominación sueca, en una familia de rigurosa confesión protestante. Su padre ejerce el oficio de fabricante de velas y de jabón. La infancia del pintor está marcada por varios duelos, entre ellos la temprana desaparición de su madre y la de un hermano, pruebas que la tradición biográfica relaciona a menudo con la gravedad y la meditación sobre la muerte que atraviesan su obra. Conviene sin embargo mantener la prudencia sobre la interpretación psicológica de estos acontecimientos, pues la documentación sigue siendo lagunar.
Tras una primera iniciación al dibujo en Greifswald, Friedrich estudia de 1794 a 1798 en la Academia de Bellas Artes de Copenhague, una de las instituciones más reputadas del norte de Europa en aquella época. Allí aprende el dibujo a partir de modelo y se impregna de una tradición paisajística atenta a la observación. Serán sin embargo sobre todo la técnica del dibujo a la mina de plomo y el dominio de la sepia los que le permitirán afirmar, desde sus inicios, una mirada personal sobre las formas del paisaje nórdico.
Dresde, hogar del romanticismo alemán
En 1798, Friedrich se instala en Dresde, capital artística de Sajonia, donde permanecerá hasta su muerte. La ciudad, rica por sus colecciones y su vida intelectual, reúne entonces a numerosos escritores y pintores apegados a las ideas románticas. Friedrich frecuenta allí a otros artistas y se vincula en particular con el pintor noruego Johan Christian Dahl, con quien compartirá una larga amistad. Trabaja al principio principalmente el dibujo y la sepia, antes de volcarse más resueltamente hacia la pintura al óleo durante la primera década del siglo XIX.
Es en Dresde donde elabora una concepción exigente del paisaje. Para Friedrich, el artista no debe pintar solamente lo que ve ante sí, sino lo que percibe en su interior. Sus composiciones proceden de un ensamblaje reflexionado de motivos observados durante numerosas excursiones, en las montañas de Bohemia, a orillas del Báltico o en la isla de Rügen, y luego recompuestos en el taller. Este método, que distingue netamente el estudio del natural y la obra acabada, confiere a sus cuadros su carácter a la vez preciso y extrañamente suspendido.
El reconocimiento llega progresivamente, no sin controversias. Su retablo llamado de Tetschen, presentado en 1808, suscita un debate sobre la legitimidad de un paisaje que hace las veces de imagen religiosa. Este episodio revela la ambición profunda de Friedrich: dotar a la naturaleza de una dimensión espiritual y hacer del paisaje un soporte de recogimiento, en una época en que este género todavía se consideraba a menudo menor.
Una obra de la contemplación y de lo sublime
El vocabulario visual de Friedrich es inmediatamente reconocible. Sus lienzos privilegian los vastos cielos, los horizontes despejados, las luces del alba o del crepúsculo, así como motivos recurrentes tales como los árboles aislados, las ruinas góticas, las cruces y las siluetas de abetos. El pintor recurre con frecuencia a la figura de espaldas, ese personaje situado en primer plano y vuelto hacia la lejanía, que invita al espectador a compartir su contemplación más que a observar una escena cerrada sobre sí misma.
Entre sus composiciones más célebres figura El caminante sobre el mar de nubes, donde un hombre erguido sobre un promontorio domina un paisaje de brumas y de cumbres. La imagen se ha convertido en un verdadero emblema del romanticismo, hasta tal punto condensa la idea de un sujeto confrontado con lo infinito. La Abadía en el robledal, con sus ruinas erguidas entre árboles descarnados bajo un cielo invernal, ilustra por su parte la manera en que Friedrich asocia la muerte, la memoria y la esperanza en una misma meditación silenciosa. Estas dos obras, hoy ofrecidas en reproducción, se cuentan entre las imágenes más reconocibles de la pintura alemana. Se puede citar igualmente Cuervos sobre un árbol, estudio de un roble batido por los vientos donde las aves puntúan un cielo bajo con una nota inquieta.
Friedrich no se limitó al paisaje. El Retrato de Adolf Gottlieb Friedrich, padre de Caspar David Friedrich, da testimonio de su atención a la figura y recuerda las raíces familiares del pintor. Estas incursiones en otros géneros siguen siendo sin embargo secundarias frente a una carrera enteramente volcada hacia la naturaleza como espejo del alma.
Posteridad y redescubrimiento de un maestro
A partir de la década de 1820, el favor del público se desplaza hacia otras sensibilidades, y Friedrich atraviesa un período más difícil. Su salud declina tras un accidente vascular sobrevenido a finales de la década de 1830, y se apaga en Dresde el 7 de mayo de 1840, en una relativa discreción. Su obra cae luego en un largo olvido, prestándole la segunda mitad del siglo XIX poca atención.
El redescubrimiento se opera a comienzos del siglo XX. Exposiciones y trabajos de historiadores contribuyen a reevaluar su lugar, mientras que artistas y pensadores modernos reconocen en sus paisajes una profundidad nueva. Esta rehabilitación no ha dejado de afirmarse desde entonces, hasta el punto de que Friedrich es considerado hoy como uno de los grandes pintores del sentimiento de la naturaleza, cuya influencia rebasa ampliamente las fronteras de Alemania.
Hoy, sus cuadros se conservan en prestigiosas colecciones, tanto en Alemania como en el resto de Europa, y dan lugar regularmente a importantes retrospectivas. Su poder reside en una forma de contención: allí donde otros buscan el efecto, Friedrich instala un silencio que deja a la mirada el tiempo de la meditación. Es sin duda esta sobriedad grave, esta manera de hacer del paisaje una experiencia interior, la que explica la fidelidad duradera que le profesan los amantes del arte y la constante afluencia del público contemporáneo a su obra.
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