Descubre a Édouard Vuillard: vida, estilo y legado artístico

Pocos pintores supieron escuchar el silencio de una habitación habitada como Édouard Vuillard. Nacido el 11 de noviembre de 1868 en Cuiseaux, en Saône-et-Loire, y establecido después en París con su familia, creció en un apartamento-taller donde su madre ejercía el oficio de corsetera. Las telas, los papeles pintados, los tejidos apilados y la luz tamizada de los interiores modestos se convierten en la materia prima de su mirada. De esa infancia junto a los motivos y los colores apagados nace un arte intimista, atento a los gestos cotidianos. Figura mayor de los Nabis, fallecido el 21 de junio de 1940 en La Baule, Vuillard sigue siendo el pintor del hogar y de su sosiego.

Cuadro Niños leyendo - Édouard Vuillard
Cuadro Niños leyendo - Édouard Vuillard

Las reproducciones de cuadros de Édouard Vuillard permiten hoy recuperar esa atmósfera tan particular, hecha de contención y de armonías amortiguadas, donde cada superficie se convierte en un plano de color y cada figura parece absorta en su tarea.

Una formación parisina y unas amistades decisivas

Es en el liceo Condorcet, en París, donde se teje la red de amistades que acompañará toda la carrera de Vuillard. Allí conoce a Ker-Xavier Roussel, que se convertirá en su cuñado, así como a Maurice Denis y Aurélien Lugné-Poe, futuro hombre de teatro. Estos lazos de juventud no se desharán: dibujan el medio artístico e intelectual en el que evoluciona el pintor.

Después del liceo, Vuillard sigue la enseñanza de la Académie Julian, y luego pasa brevemente por la École des Beaux-Arts. Esta formación clásica la asimila sin encerrarse en ella. Muy pronto, la cuestión que le ocupa deja de ser la del parecido o el modelado académico, para pasar a ser la de la superficie pintada, de su organización, de la manera en que los colores se acuerdan entre sí. El cuadro deja de ser una ventana para convertirse en un objeto decorativo por derecho propio, pensado como una composición de planos lisos y de ritmos.

Los Nabis y el arte de la superficie

Hacia 1888-1890, Vuillard figura entre los miembros fundadores de los Nabis, junto a Pierre Bonnard, Maurice Denis, Paul Sérusier y Ker-Xavier Roussel. El nombre del grupo, tomado del hebreo, significa «profetas»: expresa suficientemente la ambición de renovar la pintura, de darle un alcance nuevo. Su estética descansa sobre principios claros. El volumen se borra en favor del plano liso, el espacio se vuelve plano, la profundidad ilusionista retrocede. Las superficies se hacen decorativas, las armonías permanecen apagadas, deliberadamente contenidas.

El jardín de las Tullerías en París, fotocromo hacia 1890-1900
El jardín de las Tullerías hacia 1890-1900, fotocromo de época — el París de los «Jardines públicos» de Vuillard

Esta manera debe mucho a la estampa japonesa, cuyo japonismo irriga entonces a toda una generación de pintores parisinos. En Vuillard, esta influencia se traduce en encuadres ceñidos, en motivos que invaden el campo, en una atención aguda a las texturas. Un papel pintado de flores, un vestido de lunares, una alfombra con motivos no son simples accesorios: participan plenamente en la construcción del cuadro, cuyo ritmo visual determinan. La figura y el decorado se funden a veces hasta confundirse, como atrapados en una misma trama de color.

Se mide aquí todo lo que Vuillard debe a su infancia. El apartamento-taller de su madre corsetera, sus retales de tela, sus papeles pintados y sus muestras moldearon una sensibilidad para la que un motivo estampado vale tanto como un rostro. El pintor no busca el efecto, sino el acorde justo. Sus armonías permanecen deliberadamente bajas, casi susurradas, como si temiera turbar la calma de los lugares que observa. Esta economía de medios, este rechazo del brillo, distinguen de manera duradera su manera de la de muchos pintores de su tiempo.

El intimismo: el silencio de las habitaciones

Es en los interiores domésticos donde el genio de Vuillard se expresa con mayor plenitud. Se llama intimismo a esta pintura del adentro, de las habitaciones cerradas donde las figuras se absorben en una tarea: coser, leer, ordenar, velar. La luz es allí velada, tamizada por las cortinas y los muros empapelados. Nada alza la voz. Un silencio parece habitar estas alcobas y estos salones, un silencio que la pintura vuelve casi palpable.

El cuadro «Au lit» (En la cama), realizado en 1891 y conservado en el museo de Orsay, lleva esta búsqueda hasta una forma de abstracción. La composición se simplifica radicalmente: unos pocos planos, una gama reducida de blancos y grises, una figura tendida reducida a lo esencial. Vuillard demuestra en él que un tema de lo más modesto, el reposo de un durmiente, puede dar lugar a una organización pictórica de gran rigor. La simplificación no empobrece la escena; concentra su emoción, la reconduce a una meditación silenciosa sobre la luz y el reposo.

Esta vena intimista atraviesa dos obras que la galería Artem Legrand ofrece en reproducción. Mujeres cosiendo muestra figuras inclinadas sobre su labor, absortas en el gesto paciente de la aguja, rodeadas de tejidos y de motivos que recuerdan el taller de corsetera de la madre del pintor. Niños leyendo capta por su parte ese instante de concentración tranquila en el que el mundo se reduce a la página abierta. En ambos casos, la escena doméstica se convierte en un motivo digno de atención, tratado con la misma delicadeza cromática.

Au lit, Édouard Vuillard
«Au lit» (En la cama, 1891), Édouard Vuillard — museo de Orsay, París

Decorados, teatro y fotografía

Vuillard no es solamente el pintor de pequeños formatos íntimos. Aborda también la gran dimensión con los paneles decorativos de los «Jardins publics» (Jardines públicos), pintados en 1894 para un encargo de Alexandre Natanson. Estas vastas superficies transponen a la escala mural el vocabulario nabi: planos lisos, siluetas recortadas, armonías de verdes y de tonos rebajados, figuras de niños y de paseantes en la luz de un parque. El pintor prueba en ellos que su arte de la superficie decorativa puede habitar todo un muro sin perder nada de su sutileza.

Sus vínculos con la familia Natanson le llevan a trabajar para La Revue blanche, foco de la vida artística y literaria de su tiempo. El teatro le ocupa igualmente: concibe programas y decorados para el Théâtre de l'Œuvre, la escena animada por su amigo Lugné-Poe. A partir del final de la década de 1890, Vuillard se dedica además a la fotografía. Provisto de un pequeño aparato Kodak, toma instantáneas de su entorno, captando al vuelo las posturas y los ambientes que a su vez nutren su pintura. Esta práctica del encuadre rápido, hecha de ángulos inesperados y de figuras sorprendidas en su gesto, entra en resonancia con sus cuadros intimistas, donde el instante doméstico parece también captado al vuelo.

Su obra tardía evoluciona hacia un naturalismo más afirmado. El pintor se hace retratista de la sociedad de su época, observador atento de los rostros y de los interiores burgueses. Este reconocimiento culmina en 1938 con su elección en la Académie des Beaux-Arts, consagración oficial y tardía de una trayectoria llevada primero lejos de los honores, en una fidelidad constante a los temas más modestos.

Vivir con una obra de Vuillard

Pocas pinturas se acuerdan tan naturalmente con un interior como las de Vuillard, puesto que son ellas mismas escenas de interior. Sus armonías apagadas, sus grises tiernos, sus verdes rebajados y sus beiges tejidos dialogan sin esfuerzo con un muro habitado. Una reproducción como «Mujeres cosiendo» o «Niños leyendo» encuentra su lugar en un salón, una biblioteca o una alcoba, allí donde se busca una presencia discreta antes que un destello.

Estas composiciones aman la luz suave. Situadas al margen de una insolación directa, sobre un muro de tono neutro o ligeramente cálido, revelan la finura de sus pasajes de color. Un formato mediano, a la altura de la mirada, conviene a estas escenas que piden que uno se acerque para leer sus motivos. También se las puede reunir en un pequeño montaje, dos o tres obras vecinas, para recuperar la sensación de una sucesión de habitaciones habitadas. Así dispuesta, la pintura de Vuillard prolonga el espacio doméstico en lugar de romperlo, e invita cada día a ese momento de calma atenta del que ha hecho su tema.

Cuadro Mujeres cosiendo - Édouard Vuillard
Cuadro Mujeres cosiendo - Édouard Vuillard
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