Nacido el 31 de diciembre de 1842 en Ferrara, hijo de un pintor, Giovanni Boldini pertenece a esa generación de artistas italianos que hicieron de París su verdadero taller. Formado en Florencia, próximo a los Macchiaioli, viaja a Londres a principios de la década de 1870 antes de instalarse en la capital francesa hacia 1871-1872. Allí se convierte, junto a John Singer Sargent, en uno de los grandes retratistas mundanos de la Belle Époque. Su pincelada veloz y ondulante, que le valió el apodo de «Master of Swish», impone siluetas esbeltas, un sentido agudo del movimiento y telas resplandecientes. Fallecido en París el 11 de enero de 1931, deja una obra en la que la elegancia se une a una energía pictórica poco común.
Un italiano en París, de Florencia a los salones
La trayectoria de Boldini acompaña la de un arte europeo en plena transformación. En Florencia, durante los años de su formación, frecuenta a los Macchiaioli, aquellos pintores que privilegiaban la mancha de color, el contraste neto de luz y sombra, la captación directa del motivo. Esta escuela le enseña a mirar deprisa y a pintar sin pesadez, a traducir una impresión antes de que se fije. La estancia londinense de principios de la década de 1870 lo enfrenta después a una clientela adinerada y al género del retrato, donde da sus primeros pasos.
Su instalación en París, hacia 1871-1872, es decisiva. La ciudad concentra entonces los encargos, los modelos y la rivalidad estimulante de los talleres. Boldini encuentra allí el terreno ideal para un talento que nada parece contener. No llega a un territorio conquistado: primero debe hacerse un nombre, una reputación, una manera reconocible entre todas. Es en París donde forja poco a poco ese estilo de la velocidad y la ondulación que se convertirá en su firma, y es allí donde se cruzará con las figuras más destacadas de su tiempo.
El retratista de la Belle Époque
Lo que distingue a Boldini es una concepción del retrato como retrato en movimiento. Allí donde otros buscan la pose estable, él persigue el instante en que el cuerpo se despliega, en que una mano se alza, en que una tela se desliza. La pincelada corre, se alarga, se arquea; los drapeados parecen atravesados por una corriente. El apodo de «Master of Swish», maestro del movimiento de las telas, expresa bien esa virtuosidad de la materia pintada, que confiere a sus lienzos su vibración tan particular. Las siluetas se estiran, se afinan, ganan en verticalidad y en gracia.
Esta manera encuentra su emblema en «Le Comte Robert de Montesquiou» (1897, museo de Orsay). El modelo aparece como un dandi consumado, encarnación de una elegancia calculada hasta el menor detalle. Ese dandi inspiró a Marcel Proust el personaje del barón de Charlus: el retrato de Boldini fija así, en una sola imagen, toda una faceta de la sensibilidad de fin de siglo. La paleta, concentrada en negros profundos y algunos acentos claros, centra la atención en el gesto y la mirada.
El círculo de modelos de Boldini se lee como un repertorio de la Belle Époque. Retrató a Cléo de Mérode, a la marquesa Casati, o también a Whistler. Realizó asimismo, al pastel, en 1886, un retrato de Giuseppe Verdi, captado con una economía de medios que contrasta con el fasto de sus grandes lienzos de encargo. Esta diversidad muestra a un artista capaz de adaptar su pincelada a la presencia de cada uno, sin renunciar nunca a su vivacidad propia.
De las calles de París a las figuras íntimas
Antes de convertirse en el pintor predilecto de los salones, Boldini se había curtido con temas más modestos. En sus inicios, multiplica las escenas de género y las vistas de calles y parques parisinos, donde ya se ejercitan su sentido del encuadre y su gusto por el movimiento. Estas composiciones más íntimas, menos espectaculares que los retratos de la madurez, revelan una faceta esencial de su arte: la atención a la vida ordinaria, a los transeúntes, a la luz de un paseo. En ellas se adivina la mirada formada junto a los Macchiaioli, atenta a la mancha y a la atmósfera.
En esta línea se inscribe «Le Musicien», del que Artem Legrand ofrece una reproducción. La obra desplaza la atención del mundo de los salones hacia una figura absorta en su actividad, entregada a su instrumento. La pincelada conserva toda su nerviosidad, pero se pone al servicio de una escena recogida más que de una demostración de prestigio. Se mide así hasta qué punto la velocidad de Boldini no es un simple efecto: sirve tanto al brillo mundano como al recogimiento de un instante musical. Quienes deseen descubrir este lienzo pueden admirar la reproducción titulada Le Musicien.
El retrato femenino, por su parte, sigue siendo el ámbito donde el pintor da toda su medida. «Portrait de Mademoiselle Émilienne Le Roy» ofrece un bello ejemplo de ello. El modelo es tratado con esa elegancia esbelta que caracteriza a Boldini, la silueta ganando en finura bajo el efecto de una pincelada alargada y de telas sabiamente animadas. El rostro, sereno y atento, contrasta con el estremecimiento de la materia pintada alrededor. La reproducción propuesta bajo el título Portrait de Mademoiselle Émilienne Le Roy permite reencontrar esa tensión entre la estabilidad de la mirada y la vibración de la superficie, que constituye el valor de sus mejores obras.
Una pincelada, una paleta, una manera
Para comprender a Boldini hay que volver a lo que da unidad a su trabajo más allá de la diversidad de los temas. Su pincelada, en primer lugar: rápida, ondulante, nunca aplicada, deja a la mirada la huella visible del gesto. Sus negros, después, profundos y matizados, que estructuran tantas composiciones y hacen resaltar la encarnadura de los rostros o el brillo de una tela clara. Su dominio de las telas, por último, sedas, satenes y drapeados que hace ondular como bajo un soplo. Esta manera, enteramente orientada hacia el movimiento, explica la modernidad duradera de un pintor sin embargo apegado a los códigos del retrato mundano. Nada en él es estático: la pintura parece atrapada en un mismo impulso, del fondo a las figuras.
Dar vida a Boldini en un interior
Las obras de Boldini se prestan naturalmente a la vida de un interior, siempre que se respete su aliento. Una reproducción como «Le Musicien» o un retrato femenino requiere una pared que le deje aire: conviene evitar la sobrecarga alrededor y privilegiar un muro relativamente sobrio, donde la silueta y el movimiento de las telas puedan respirar. Un formato vertical, frecuente en el pintor, encaja bien en un lienzo de pared estrecho, entre dos ventanas o encima de una consola, allí donde el impulso ascendente de la composición encuentra un eco arquitectónico.
La luz desempeña aquí un papel decisivo. Los negros profundos y los acentos claros de Boldini se benefician de una luz suave, preferiblemente lateral, que revela los matices de la materia sin aplastar los contrastes. Una iluminación demasiado frontal aplanaría la vibración de la pincelada; una luz natural tamizada, o un punto de luz orientado, restituye en cambio toda la profundidad de las telas. En un salón de tonalidades neutras, una obra así se convierte en un punto de anclaje de la mirada; en una habitación más colorida, dialoga con los tonos del entorno siempre que se le reserve un espacio para respirar.
Reunir varios temas del mismo artista, un retrato y una escena de género por ejemplo, permite componer un conjunto coherente que narra la doble cara de su obra, mundana e íntima. Para prolongar este descubrimiento y comparar los formatos, se podrá recorrer el conjunto de las reproducciones de cuadros de Giovanni Boldini y elegir las que mejor se acuerden con la luz y el espíritu de un lugar. Así colgadas, estas imágenes conservan algo de la energía que atravesaba la mano del pintor, y recuerdan, en la calma de un interior, la elegancia viva de la Belle Époque.




